jueves, 21 de febrero de 2008

LA MUSICA

Todos los humanos compartimos un rasgo biológico cognitivo de nuestra personalidad que es la desinhibición. A mayor desinhibición. mayor creatividad y, por lo tanto, mas expedito queda el camino para la creatividad artística y musical. Las artes plásticas y la música generan, como la buena comida, el sexo y las drogas, un sentimiento de bienestar. Escuchar buena música y componerla forma parte, igualmente, del sistema de motivación y de recompensa que garantiza la supervivencia mediante la búsqueda del bienestar. Quizás componer música resulte mas miste-rioso para la gran mayoría que preparar una receta exquisita, pero no es una razón suficiente para intentar separarla, alegando una supuesta espiritualidad de la música, del entramado de los circuitos neuronales.
Las investigaciones mas recientes han revelado que la música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de endorfinas, los opiáceos propios del cerebro, así como los de otros neurotransmisores, como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. De las endorfinas se ha descubierto que dan motivación y energía ante la vida, que producen alegría y optimismo, que disminuyen el dolor que contribuyen a la sensa-ción de bienestar y que estimulan los sentimientos de gratitud y satisfacción existencial.

Goldstein formuló la teoría de que las «emociones musicales», es decir, la euforia que produce escuchar cierta música, eran consecuencia de la liberación de endorfinas por la glándula pituitaria, es decir, fruto de la actividad eléctrica que se propaga en una región del cerebro conectada con los centros de control de los sistemas límbico y autónomo.
Más recientemente, el Joumal of che American Medical Association publicó los resultados de un estudio de terapia musical realizado en Austin en 1996. La estimulación de la música aumenta la liberación de endorfinas y disminuye la necesidad de medicamentos. «También es un medio para distraerse del dolor y aliviar la ansiedad", explicó uno de los ínvestigadores. En un estudio publicado el año 2001 porAnneJ. Blood, de la Uni-versidad MacGiil de Montreal, y Robert J. Zatorre, de la Universidad Was-hington de San Luis, Missouri, se demuestra, mediante tomografía por emisión de positrones (PET), que las respuestas placenteras a la música están correlacionada, con la actividad de las regiones del cerebro implicadas en los mecanismos de recompensa y emoción. Entre .éstas se encuentran la amígdala, el córtex prefrontal, el córtcx orbitofrontal y otras estructuras que también se activan en respuesta a otros estímulos inductores de euforia como la comida, el sexo o las drogas. Este estudio sugiere que la música recluta sistemas neuronales similares a los que res-ponden específicamente a los estímulos biológicamente importantes, relacionados con la supervivencia —como el sexo y la comida , y también a otros que se activan artificialmente mediante las drogas, la .activación de estos sistemas cerebrales por parte de la música podría represen-tar —de acuerdo con estos investigadores—, una propiedad emergente de la complejidad de la cognición humana. La capacidad de la música de inducir un intenso placer, y la estimulación del sistemas de recompensa endógeno. sugieren que, aunque la música no es estrictamente necesaria para la supervivencia de la especie humana, constituye un beneficio significativo para nuestro bienestar físico y mental.
Sin embargo, a lo largo de los siglos, se ha, imbuido al arte una dimensión especial, espiriual y cultural que lo distinguiría, de alguna manera, de los atajos más prosaicos hacia la felicidad, relacionados principalmente con el sistema serotonil. Las «bellas artes» despertarían reaccio-nes afectivas positivas, por describir de alguna manera las sensaciones placenteras o incluso euforizantes que puede causar el arte frente a res-puestas meramente sensoriales.
Hasta hace pocos años, las preguntas en torno a la filosofía del arte no pretendían hallar respuestas científicas, en parte porque no existían los medios para comprobar las reacciones cerebrales ante los estímulos artísticos. Tampoco parecían interesar excesivamente las posibles res-puestas de la ciencia frente a un mundo artístico que parecía mágico, casi religioso. El arte conmovía las mentes, agitaba el espíritu, alegraba los ánimos decaídos. El arte «funcionaba», y eso bastaba. Actualmente se están desarrollando importantes investigaciones sobre el efecto del arte en el cerebro, como las mencionadas en los párrafos anteriores, y se dispone ya de datos científicos que pueden contraponerse a las teorías clásicas del arte barajadas hasta ahora. Aquí sugerimos que el arte y la música formaban parte de la «búsqueda de amparo» del hombre primitivo, que anonadado por la angustia del miedo, buscaba respuestas en la religión, el arte y la organización política. Se trata de una búsqueda mediatizada por el sistema límbico para paliar las dificultades de la supervivencia.
Existen otras interpretaciones complementarias del papel del arte en la psique humana y, posiblemente, en el amalgama de todas ellas y en los misterios a los que dará respuesta la ciencia en el futuro esté el secreto del efecto del arte en los seres humanos.
Sabemos, por ejemplo, que la música es un protomedio de expresión que sirve para comunicarse. Precede al lenguaje y era utilizado por los grupos de homínidos cuando todavía no sabían vocalizar. Ésta es la tesis de Steven Mithen, profesor de prehistoria de la Universidad de Reading, en el Reino Unido, basada en el estudio de los fósiles, la prehistoria del cerebro y el lenguaje de los niños, más musical que el nuestro. Este lenguaje sirve también para desahogar las emociones. Es un medio de comunicación que ayuda a paliar el sentimiento de soledad y refuerza la cohesión social, según las tesis de Robín Dunbar, investigador en psicología evolutiva y ecología del comportamiento de la Universidad de Liverpool. Lord Byron lo expresaba de otra manera diciendo que la poe-sía es «la lava de la imaginación cuya erupción evita el volcán». Otros afirman que la música es el resultado de la selección sexual. El artista utiliza sus habilidades específicas en el campo del arte para convencer a su pareja de la primerísima calidad de sus genes. Es una visión —la de GeoffreyMiller, profesor de psicología de la Universidad de Nuevo México, entre otros— excesivamente darwinista, pero que no está reñida con las dos anteriores.
Son parte de las respuestas socioculturales y filosóficas. Pero apartemos por un momento también las explicaciones psicológicas y socioló-gicas del innegable impacto del arte y la música en el sentir humano. Busquemos otra vez datos científicos que avalen o desmientan estas teorías. Traspasemos la frontera de lo visible y escudriñemos de nuevo las reacciones de nuestro cerebro cuando estamos inmersos en un acto crea-tivo, como receptores o como creadores. Semir Zeki utilizó la técnica de las imágenes de resonancia magnética funcional para hallar la respuesta. Comprobó que las personas a las que enseñaba cuadros que con-sideraban hermosos activaban con fuerza ciertas partes de su cerebro. Al aplicar esta técnica a personas creativas, comprobó que éstas tendían a ciertas respuestas típicas de actividad cerebral. Los análisis genéticos posteriores de estos sujetos creativos revelaron, además, parecidos en las áreas del genoma humano pertinentes, sugiriendo que algo tan ligado a la cultura como el arte probablemente no esté solamente relacionado con el entorno, sino también con la genética. Habría, pues, una predisposición hacia el goce artístico, situada en el cerebro y en los genes.
Estamos sentados en un patio de butacas frente al escenario en el que se representará El lago de los cisnes. El telón está a punto de levantarse. No todo el mundo dispone de la misma capacidad de disfrutar del espectáculo, ni todos los intérpretes poseen la misma capacidad de emocionar-nos. Para contestar la pregunta de por qué algunos intérpretes nos conmueven mientras que otros nos dejan indiferentes, el coreógrafo Ivar Hagendoorn estudió el efecto del baile sobre el espectador. Partiendo de la premisa de que los seres humanos tienen una sensibilidad especial para reconocer los movimientos humanos, y teniendo en cuenta que si se muestran dos posiciones corporales se conectarán mentalmente con un movimiento virtual anatómicamente practicable, llegó a la conclusión de que se trata de una habilidad que no sólo reside en el sistema motor, sino también en el sistema perceptual. Contemplar una fotografía de un objeto o un ser humano en movimiento activa las áreas del cerebro que rigen los comportamientos motores. Contemplar receptivamente un espectáculo de danza sumerge a la mente en sensaciones motoras, como las que puede experimentar quien se sumerja en la imaginación visual. «Así —afirma Hageendoorn—, cuando se ve bailar, se está bailando. Esto explicaría por qué ver bailar a menudo crea la necesidad de bailar». Las sensaciones motoras permiten experimentar el movimiento mentalmente, sin mover el cuerpo, superando así, mágicamente, las limitaciones de nuestra anatomía.

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