jueves, 21 de febrero de 2008

LA VOZ

El uso de la voz nos exige a todos un largo aprendizaje, desde el potente llanto recién nacidos, nuestros primeros balbuceos, las palabras aprendidas imitando a nuestros
padres, la adquisición de vocabulario y la capacidad, por fin, de comunicar plenamente nuestras ideas y emociones. Después, con los años, muchas veces lo olvidamos y damos por supuesto que ya sabemos utilizarla, que tenemos una voz para siempre, que siempre
será la misma y siempre dispondremos de ella para expresarnos.
Pero vivimos con nuestra voz, y es necesario que sepamos hacer un buen uso de ella. Debemos saber cómo se produce, para mejorar la dicción, por ejemplo; cómo utilizarla
con la mayor eficacia, y cómo cuidarla, para evitar perderla cuando más la necesitamos.
Debería ser un instrumento de expresión y comunicación totalmente flexible y preciso que permaneciera absolutamente bajo nuestro control.
La voz es una expresión de lo que está ocurriéndole mental y físicamente al orador. Por lo tanto, es lógico que debamos encontrar una manera de entrenar los procesos físicos y mentales involucrados para poder producir en nuestra voz y habla lo que realmente deseamos producir, para comunicar lo que deseamos comunicar.
La mayoría de fallos de voz no tienen su origen en los órganos vocales, la mayoría de la gente interfiere activamente en el funcionamiento de su voz y esta interferencia proviene de cómo se usa el cuerpo en conjunto. Si podemos impedir dicha interferencia, la voz funcionará bien.
La tarea es conseguir que la voz funcione siempre de forma realmente eficiente
como parte de una eficacia mayor en el uso del cuerpo entero. Esto hará que exigencias mayores de interpretar un papel, predicar un sermón o dirigirse al público en un mitin, se realicen con facilidad porque no precisarán ningún cambio fundamental.
La forma en que vivimos y la forma en que utilizamos nuestra voz en la vida cotidiana es nuestro ejercicio básico.
Si liberas el funcionamiento de la voz, descubrirás que disfrutas al usarla y querrás explorar formas de hacerlo.
Los elementos físicos más importantes en la producción de la voz (la respiración, la fonación y la articulación) son, todos ellos, procesos que ocurren como respuesta de los músculos ante una estimulación nerviosa.
No puedes separar el uso de la voz del resto de ti. El impulso de comunicar verbalmente no se centra tan sólo en los órganos vocales, sino que se extiende al resto de la persona.
Y toda tu persona se ve afectada de una manera física o mecánica por cosas tales como tu entorno, la relación contigo mismo y con los demás y la intención del momento. Y según estén afectadas tus partes mecánicas, así lo estará también tu voz, que es la expresión de uno mismo y de lo que este sí mismo hace.
Es conveniente, por lo tanto, pensar en lo que haces con tu cuerpo antes de empezar a trabajar en tu voz, porque, para bien o para mal, esta es la base sobre la que descansa el uso de la voz.
Los bebés son capaces de gritar durante horas sin dañarse ni perder la voz. Por otra parte, una visita a un partido de fútbol dejará, a menudo, a un hombre corpulento con un desgastado afónico graznido como voz. ¿Por qué el bebé es más eficaz respecto a emitir un sonido fuerte que un entusiasta del fútbol?
Lo que somos es el resultado de cómo nos hacemos, y puesto que hemos elaborado para nosotros una pauta de uso, la podemos deshacer o elaborar otra. Es una cuestión de elección y de saber llevar a cabo el cambio.
La movilidad es parte de nuestro equipo de supervivencia como seres humanos, algo que compartimos con la mayoría de los animales. Debido a que nos movemos mucho,
necesitamos protegernos mientras lo hacemos para no dañarnos. Durante la movilidad, los mecanismos posturales que nos ayudan a mantener el equilibrio son nuestros principales medios de protección. Los desarrollamos a medida que aprendemos a estar de pie, a andar, a correr y a saltar para que no tengamos que calcular cómo movernos. Cuando resbalamos al pisar la piel de un plátano, realizamos prodigiosos y rápidos ajustes en nuestro equilibrio para evitar que nuestra cabeza aterrice violentamente sobre el planeta. Durante el desliz no hay tiempo para elaborar a conciencia lo que necesitamos hacer para salvar el cráneo de una lesión. Por eso, nuestras reacciones, la interacción entre la gran cantidad de diferentes tensiones musculares, serán probablemente subconscientes e involuntarias. Ejecutamos de la misma manera
la mayoría de nuestros movimientos: podemos ser conscientes de que queremos levantar una taza para beber algo o de que queremos hablar, pero no somos conscientes de cómo
realizamos estas acciones.
Si viviéramos y nos moviéramos sobre esta base subconsciente o involuntaria, probablemente estaríamos haciendo siempre el mejor uso de nuestro cuerpo, y de nuestra voz.
Pero tenemos también una conciencia altamente desarrollada, y esta trae consigo la posibilidad de la elección. Las elecciones que tomamos para aliviar una dificultad local o temporal pueden, a fuerza de repetición, convertirse en hábito y así en parte de nuestro comportamiento subconsciente, y dejar de operar como tales. Si las elecciones originales han sido buenas (siendo el punto de mira mantener el buen funcionamiento del cuerpo), no habrá problemas. Pero si las elecciones originales, ahora hábitos arraigados, conducen a un funcionamiento ineficaz a largo plazo, entonces siempre que pretendamos restablecer el funcionamiento eficaz nos enfrentaremos a una serie de problemas relacionados.
El primer problema es que lo que hacemos nos parece bien porque es habitual, y por eso es difícil detectarlo como un mal, excepto en el resultado final que produce la acción;
quizá dolor de garganta cuando hablamos en voz alta o dolor de espalda después de sentarnos a escribir a máquina durante varias horas. El segundo problema es que nuestras respuestas habituales son parte de las pautas de comportamiento a través de las cuales nos conocemos a nosotros mismos, y nos mostramos siempre reacios a interferir en lo que es nuestro sentido establecido del sí-mismo: quizá si interfiriéramos dejaríamos de ser aquel sí-mismo y nos plantearíamos dónde estamos y quiénes somos. Este es un problema que, con frecuencia, disuade a la gente de efectuar cambios en el uso de su voz, puesto que un cambio radical del uso de la voz parece muy falso para el sentido del sí-mismo. Es una cuestión de autodesfiguración o quizá de autoengaño: el sí-mismo permanecerá seguro aunque cambiemos muchos de sus usos.
Pero si nuestro objetivo es cambiar la respuesta involuntaria y arraigada, tendremos que emplear la conciencia para llevarlo a cabo. Tenemos que saber qué es lo que estamos haciendo que provoca el mal efecto y elegir no hacerlo. Solamente la elección, este nuevo ejercicio de voluntad, permitirá el cambio necesario en nuestro comportamiento postural a fin de realizar la mejora deseada. Mientras la actividad siga siendo involuntaria seguiremos repitiéndola al igual que hemos hecho hasta ahora.
Entonces, en relación a la voz, tenemos que cultivar el conocimiento de cómo utilizamos el sí-mismo y de cómo nuestras acciones pueden interferir en los procesos de una buena producción de voz. Para hacerlo, tendremos que estudiar las causas originarias. Probablemente esto significará que no nos limitaremos a observar sólo cómo funcionan los órganos de la articulación, la garganta o el mecanismo de la respiración.
Consideraremos el cuerpo como algo que funciona en conjunto y, en particular, prestaremos atención a la forma en que empleamos nuestros mecanismos posturales. Sobre todo centraremos nuestro interés en la relación que existe entre la cabeza, el cuello y la espalda, porque esta relación determina lo que hacemos con el resto del cuerpo, incluyendo la voz.

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